lunes, 16 de mayo de 2016

Comentario a las "Cuestiones selectas de Cristología" (1979) de la Comisión Teológica Internacional

Por Cristóbal Manuel Calvo Santiago

Algunos miembros de la Comisión Teológica Internacional querían dirigir sus trabajos al campo de la Cristología, por medio de cuestiones selectas, considerando su actualidad y dificultades, en la que se plantearon una serie de cuestiones que posteriormente desarrollaron.

La primera cuestión era el cómo acceder al conocimiento de la Persona y de la obra de Jesucristo.
Una vía era la investigación histórica, planteando que Jesucristo era un hombre que vivió en un contexto concreto y que murió después de haber llevado su propia existencia dentro de la evolución de la historia. El NT pretende transmitir el testimonio de la fe eclesial sobre Jesús y presentarlo en su plena significación de “Cristo” y “Señor”, siendo legítimo reconstruir una imagen puramente histórica de Jesús y verificar los hechos que se refieren a la existencia histórica de Jesús.

Otra vía sería la de la unidad entre el Jesús terrenal y el Cristo glorificado, admitiendo que un conocimiento pleno de Jesucristo no puede obtenerse a menos de tenerse en cuenta la fe viva de la comunidad cristiana que sostiene esta visión de los hechos. El NT tiene como finalidad la fe y su aceptación. Pero una investigación cristológica que pretendiera limitarse solo al Jesús de la historia, sería incompatible con la esencia y la estructura del NT, ya que la teología solo puede captar el sentido y el alcance de la resurrección de Jesús a la luz del acontecimiento de su muerte, mostrando que la iglesia permanece siendo el lugar en que se da el verdadero conocimiento de la persona y de la obra de Jesucristo. El dogma cristológico, prohíbe toda falsa oposición entre la humanidad y la divinidad de Jesús. El Espíritu Santo, comunica a los fieles la vida misma del Dios trinitario.

Si analizamos la fe cristológica de los primeros concilios, en especial desde el NT al Concilio de Nicea (325), el helenismo opuso a la fe de los cristianos, que proclamaban la divinidad de Cristo, su dogma de la trascendencia divina, dogma que el helenismo consideraba inconciliable con la contingencia y la existencia en la historia humana de Jesús. La iglesia desmitificó al helenismo. Los padres de la iglesia presentarían la preexistencia de Cristo, no en el plano de la realidad ontológica, sino solamente a nivel de la intencionalidad.

En el Concilio de Calcedonia, la idea de la inmanencia permite afirmar la real y auténtica humanidad de Cristo, contra el docetismo de los gnósticos. En este Concilio, se recurrirán a dos expresiones: “sin confusión” y “sin división”, equivalente a la afirmación “las dos naturalezas y la única hipóstasis” de Cristo. Se trataba de afirmar la infinita trascendencia de Cristo, Dios y hombre, con respecto a la universalidad de los hombres y de la historia. Por otro lado, se pondrá en relieve el cómo de la coexistencia de Dios y el hombre en Cristo, consistiendo esto el Misterio de la Encarnación.

En el Concilio de Constantinopla, la iglesia declarará que nuestra salvación fue querida humanamente por una persona querida.

En otro orden, se tratará el sentido actual del dogma cristológico, en el que la Cristología y la antropología se encuentran en las perspectivas de la cultura moderna, en el que se refiere al Cristo Recapitulador (Ef. 1, 10) lo que la cultura de hoy aporta a una percepción más clara de la condición humana.

La religión corre el riesgo de aparecer como una pura “alienación” de la humanidad, mientras que Cristo pierde su identidad y unicidad.

La doctrina de los dos Adán (cf. 1Cor 1, 21 ss; Rom 5, 12-19) será el principio cristológico que conducirá e iluminará a la confrontación de la cultura humana y será también el criterio para juzgar las investigaciones actuales antropológicas.

Estudiando el auténtico sentido de las dificultades actuales, se argumenta contra lo que se ha llamado satisfacción vicaria, diciendo que tal satisfacción es moralmente imposible: cada conciencia es autónoma y no puede ser liberada por otro. Se quejan de no encontrar en la vida de la Iglesia y de los fieles la expresión viviente del misterio de la liberación que proclaman, siendo este un alegato de los contemporáneos de la época.

En cuanto a la significación permanente de la fe cristológica en sus orientaciones y contenidos, es preciso admitir un cierto número de verdades que la explican: “Dios vivo es amor (1Jn 4, 8) y por amor creo todas las cosas; creó al hombre y le dio dignidad […] el Dios trinitario completó su obra en Jesucristo, como mediador de la paz y de la alianza. En conclusión, Jesucristo es el hombre perfecto. 
La existencia de Cristo es para los hombres, para ellos muere y resucita.

Es necesario actualizar la doctrina y la predicación cristológica. La tarea de los teólogos es construir una síntesis que subraye todos los aspectos y todos los valores del misterio de Cristo. Cristo ha muerto por nosotros. La Redención realizada por Cristo es en favor de todos y de una vez por todas.
La Iglesia será el pueblo mesiánico de Dios, a la cual le incumbe la tarea de hacer participar a todos los hombres y a todos los pueblos en el misterio de Cristo, siendo el Espíritu Santo el que mantiene todo en la unidad y conoce toda palabra.

Desde el punto de vista del vínculo Cristología y soteriología, surgen dos problemas en las diversas investigaciones realizadas; el primero es de índole histórica y se sitúa en el nivel del periodo de la existencia terrenal de Jesús, el segundo mostrará la multiplicidad de la terminología neotestamentaria acerca de la obra de la redención.

Jesús se orientó durante su existencia terrenal hacia la salvación de los hombres. Su muerte debía ser, la consecuencia libremente querida de la obediencia y del amor con que Jesús se ofrecía con activa pasividad (Cf. Gal 1, 4). Al morir, Jesús expresa su voluntad de servir (Cf. Mc 10, 45). Jesús tenía la conciencia de ser el mediador escatológico de la salvación y el realizador del señorío de Dios, Redentor escatológico por la resurrección y exaltación, en la que Dios confirmó que Jesús es para los creyentes el salvador definitivo, Señor y Cristo (Cf. Hch 2, 36), siendo Él el salvador escatológico, que anunciaba el Reino de Dios por la resurrección, mediante la realización de la Nueva Alianza escatológica, ofreciéndose a sí mismo, inmaculado, a Dios por el Espíritu eterno (Heb. 9,  14) La muerte de Jesús fue “expiación vicaria”, Cristo entregado se daba y entregaba a sí mismo.

En otro orden, la unidad y pluralidad del pensamiento soteriológico en la Iglesia, nos lleva a que Cristo sufrió, resucitó y vivió toda su existencia “por nosotros” y “por nuestros pecados”, extrayendo cinco elementos principales: por la donación de sí mismo (1) y tomando nuestro lugar (2) nos libró de “la ira venidera” y del poder del maligno (3) según la voluntad salvífica del Padre (4) para introducirnos, por la participación en la gracia del Espíritu Santo, en la vida trinitaria (5): por nosotros, en favor nuestro y no “en lugar nuestro”

Así mismo, los teólogos más recientes tratan de recuperar la idea del “comercio” por dos caminos: por el concepto de solidaridad y por el concepto de sustitución (justificada esta última tanto exegética como dogmáticamente)

Por último y para concluir, las dimensiones de la Cristología que deben recuperarse serían “La unción de Cristo por el Espíritu Santo”, en donde la obra de Cristo Salvador se cumplió con la ininterrumpida cooperación del Espíritu Santo, por el que el Cuerpo místico de Cristo está perpetuamente animado por Él.

En definitiva, la Comisión Teológica Internacional intentó realizar una síntesis completa por medio de las cuestiones cristológicas desarrolladas anteriormente, intentando mostrar cómo el dogma cristológico se puede presentar en una perspectiva moderna, sin perjuicio alguno de su significación original.

Cristóbal Manuel Calvo Santiago

09/05/2016