Por Cristóbal Manuel Calvo Santiago
Algunos miembros de la Comisión Teológica
Internacional querían dirigir sus trabajos al campo de la Cristología, por
medio de cuestiones selectas, considerando su actualidad y dificultades, en la
que se plantearon una serie de cuestiones que posteriormente desarrollaron.
La primera cuestión era el cómo acceder al
conocimiento de la Persona y de la obra de Jesucristo.
Una vía era la investigación histórica,
planteando que Jesucristo era un hombre que vivió en un contexto concreto y que
murió después de haber llevado su propia existencia dentro de la evolución de
la historia. El NT pretende transmitir el testimonio de la fe eclesial sobre Jesús
y presentarlo en su plena significación de “Cristo” y “Señor”, siendo legítimo reconstruir
una imagen puramente histórica de Jesús y verificar los hechos que se refieren
a la existencia histórica de Jesús.
Otra vía sería la de la unidad entre el Jesús terrenal
y el Cristo glorificado, admitiendo que un conocimiento pleno de Jesucristo no
puede obtenerse a menos de tenerse en cuenta la fe viva de la comunidad
cristiana que sostiene esta visión de los hechos. El NT tiene como finalidad la
fe y su aceptación. Pero una investigación cristológica que pretendiera
limitarse solo al Jesús de la historia, sería incompatible con la esencia y la
estructura del NT, ya que la teología solo puede captar el sentido y el alcance
de la resurrección de Jesús a la luz del acontecimiento de su muerte, mostrando
que la iglesia permanece siendo el lugar en que se da el verdadero conocimiento
de la persona y de la obra de Jesucristo. El dogma cristológico, prohíbe toda
falsa oposición entre la humanidad y la divinidad de Jesús. El Espíritu Santo,
comunica a los fieles la vida misma del Dios trinitario.
Si analizamos la fe cristológica de los primeros concilios,
en especial desde el NT al Concilio de Nicea (325), el helenismo opuso a la fe
de los cristianos, que proclamaban la divinidad de Cristo, su dogma de la trascendencia
divina, dogma que el helenismo consideraba inconciliable con la contingencia y
la existencia en la historia humana de Jesús. La iglesia desmitificó al
helenismo. Los padres de la iglesia presentarían la preexistencia de Cristo, no
en el plano de la realidad ontológica, sino solamente a nivel de la
intencionalidad.
En el Concilio de Calcedonia, la idea de la
inmanencia permite afirmar la real y auténtica humanidad de Cristo, contra el
docetismo de los gnósticos. En este Concilio, se recurrirán a dos expresiones: “sin
confusión” y “sin división”, equivalente a la afirmación “las dos naturalezas y la única hipóstasis” de Cristo. Se trataba de
afirmar la infinita trascendencia de Cristo, Dios y hombre, con respecto a la universalidad
de los hombres y de la historia. Por otro lado, se pondrá en relieve el cómo de
la coexistencia de Dios y el hombre en Cristo, consistiendo esto el Misterio de
la Encarnación.
En el Concilio de Constantinopla, la iglesia
declarará que nuestra salvación fue querida humanamente por una persona
querida.
En otro orden, se tratará el sentido actual del
dogma cristológico, en el que la Cristología y la antropología se encuentran en
las perspectivas de la cultura moderna, en el que se refiere al Cristo
Recapitulador (Ef. 1, 10) lo que la cultura de hoy aporta a una percepción más
clara de la condición humana.
La religión corre el riesgo de aparecer como una
pura “alienación” de la humanidad, mientras que Cristo pierde su identidad y
unicidad.
La doctrina de los dos Adán (cf. 1Cor 1, 21 ss; Rom
5, 12-19) será el principio cristológico que conducirá e iluminará a la
confrontación de la cultura humana y será también el criterio para juzgar las
investigaciones actuales antropológicas.
Estudiando el auténtico sentido de las dificultades
actuales, se argumenta contra lo que se ha llamado satisfacción vicaria, diciendo que tal satisfacción es moralmente
imposible: cada conciencia es autónoma y
no puede ser liberada por otro. Se quejan de no encontrar en la vida de la
Iglesia y de los fieles la expresión viviente del misterio de la liberación que
proclaman, siendo este un alegato de los contemporáneos de la época.
En cuanto a la significación permanente de la fe
cristológica en sus orientaciones y contenidos, es preciso admitir un cierto
número de verdades que la explican: “Dios vivo es amor (1Jn 4, 8) y por amor
creo todas las cosas; creó al hombre y le dio dignidad […] el Dios trinitario
completó su obra en Jesucristo, como mediador de la paz y de la alianza. En
conclusión, Jesucristo es el hombre perfecto.
La existencia de Cristo es para
los hombres, para ellos muere y resucita.
Es necesario actualizar la doctrina y la predicación
cristológica. La tarea de los teólogos es construir una síntesis que subraye
todos los aspectos y todos los valores del misterio de Cristo. Cristo ha muerto
por nosotros. La Redención realizada por Cristo es en favor de todos y de una
vez por todas.
La Iglesia será el pueblo mesiánico de Dios, a la
cual le incumbe la tarea de hacer participar a todos los hombres y a todos los
pueblos en el misterio de Cristo, siendo el Espíritu Santo el que mantiene todo en la unidad y conoce toda
palabra.
Desde el punto de vista del vínculo Cristología y soteriología,
surgen dos problemas en las diversas investigaciones realizadas; el primero es
de índole histórica y se sitúa en el nivel del periodo de la existencia
terrenal de Jesús, el segundo mostrará la multiplicidad de la terminología
neotestamentaria acerca de la obra de la redención.
Jesús se orientó durante su existencia terrenal
hacia la salvación de los hombres. Su muerte debía ser, la consecuencia libremente
querida de la obediencia y del amor con que Jesús se ofrecía con activa pasividad
(Cf. Gal 1, 4). Al morir, Jesús expresa su voluntad de servir (Cf. Mc 10, 45).
Jesús tenía la conciencia de ser el mediador escatológico de la salvación y el
realizador del señorío de Dios, Redentor escatológico por la resurrección y exaltación,
en la que Dios confirmó que Jesús es para los creyentes el salvador definitivo,
Señor y Cristo (Cf. Hch 2, 36), siendo Él el salvador escatológico, que
anunciaba el Reino de Dios por la resurrección, mediante la realización de la Nueva Alianza escatológica, ofreciéndose a sí mismo,
inmaculado, a Dios por el Espíritu eterno (Heb. 9, 14) La
muerte de Jesús fue “expiación vicaria”, Cristo entregado se daba y entregaba a
sí mismo.
En otro orden, la unidad
y pluralidad del pensamiento soteriológico en la Iglesia, nos lleva a que
Cristo sufrió, resucitó y vivió toda su existencia “por nosotros” y “por
nuestros pecados”, extrayendo cinco elementos principales: por la donación de sí mismo (1) y tomando nuestro lugar (2) nos libró
de “la ira venidera” y del poder del maligno (3) según la voluntad salvífica
del Padre (4) para introducirnos, por la participación en la gracia del
Espíritu Santo, en la vida trinitaria (5): por nosotros, en favor nuestro y
no “en lugar nuestro”
Así mismo, los teólogos
más recientes tratan de recuperar la idea del “comercio” por dos caminos: por
el concepto de solidaridad y por el concepto de sustitución (justificada esta
última tanto exegética como dogmáticamente)
Por último y para
concluir, las dimensiones de la Cristología que deben recuperarse serían “La
unción de Cristo por el Espíritu Santo”, en donde la obra de Cristo Salvador se
cumplió con la ininterrumpida cooperación del Espíritu Santo, por el que el
Cuerpo místico de Cristo está perpetuamente animado por Él.
En definitiva, la
Comisión Teológica Internacional intentó realizar una síntesis completa por
medio de las cuestiones cristológicas desarrolladas anteriormente, intentando
mostrar cómo el dogma cristológico se puede presentar en una perspectiva
moderna, sin perjuicio alguno de su significación original.
Cristóbal
Manuel Calvo Santiago
09/05/2016