Por Cristóbal Manuel Calvo Santiago,
Joseph Ratzinger comienza su prólogo haciendo una
mención sobre las distintas obras sobre Jesús en los años 30 y 40. En ellas se
presentaba la figura de Jesús a partir de los Evangelio, de como Él vivió en la
tierra y como llevó los hombres a Dios, haciéndose visible a través del hombre
de Jesús y desde Dios.
En los años 50, la grieta entre el “Jesús histórico”
y el “Cristo de la fe” es cada vez mayor. La propia investigación
histórico-crítica, marcó distinciones cada vez más afinadas entre los distintos
estratos de la tradición.
Se contraponía al “revolucionario antirromano” con
el “moralista benigno que todo lo aprueba”. Ha sido solo la fe en su divinidad
la que ha plasmado posteriormente su imagen, siendo la íntima amistad con
Jesús, la que puede correr el riesgo de moverse en el vacío.
Schnackenburg llega a la conclusión de que mediante
los esfuerzos de la investigación con métodos histórico-críticos no se logra, o
se loga de modo insuficiente, una visión fiable de la figura histórica de Jesús
de Nazaret.
Se presupone el fundamento histórico, pero este
queda rebasado en la visión de fe de los Evangelios. Sin su enraizamiento en
Dios, la persona de Jesús, dirá él, resulta vaga, irreal e inexplicable.
Considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre.
La encíclica “Divino aflante Spiritu”, fue un hito
importante para la exégesis católica. Así mismo, la Dei Verbum, aporta
importantes perspectivas, en dos documentos: “la interpretación de la Biblia en
la Iglesia” y “El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia
cristiana”
El método histórico, es una dimensión del trabajo
exegético a la que no se puede renunciar.
Hará hincapié en el “factum historicum” con el
fundamento constitutivo “et incarnatus est”, con lo que profesamos la entrada
efectiva de Dios en la historia real.
El método histórico-crítico, indispensable a partir
de la estructura de la fe cristiana, debemos tener unas consideraciones: los
límites del método mismo, es decir, que debemos dejar las palabras en el
pasado; el método histórico busca los diversos hechos desde el contexto del
tiempo en que se formaron los textos, no pudiéndolo hacer actual “de hoy”. Así
mismo, debe tratar las palabras, como palabras humanas. Todo intento de conocer
el pasado debe ser consciente de que no puede superar el nivel de hipótesis, ya
que no podemos recuperar el pasado en el presente.
Los diversos textos bíblicos remiten de algún modo
el proceso vital de la única Escritura que se verifica en ellos. Quien quiera
entender la Escritura en el espíritu en que ha sido escrita debe considerar el
contenido y la unidad de toda ella.
Las palabras transmitidas en la Biblia se convierten
en Escritura a través de un proceso de relecturas cada vez más nuevas. La
hermenéutica cristológica, ve en Cristo la clave de todo el conjunto y a partir
de Él, aprende a entender la Biblia como unidad.
La exégesis canónica, es una dimensión esencial de
la interpretación que no se opone al método histórico-crítico, sino que lo
desarrolla en un modo orgánico y lo convierte en verdadera teología.
Habla también del significado de “inspiración”, esto
es, el autor no habla como un sujeto privado. Habla en una comunidad viva, con
lo cual es un movimiento histórico vivo que ni él ni una comunidad han
construido, actuando sobre ella una fuerza directriz superior.
Los distintos libros de la Sagrada Escritura, no son
simple literatura. Ha surgido en y del sujeto vivo del pueblo de Dios en camino
y vive en él. Benedicto remite a tres sujetos que interactúan entre sí: el
autor o grupo de autores a los que debemos un libro de la Escritura como
“pueblo de Dios”; el “pueblo de Dios, como sujeto vivo de la Escritura, siendo
este pueblo el que recibe de Dios su propio ser, del Cristo hecho carne y se
deja ordenar, conducir y guiar por Él.
Concluye diciendo que “sólo si ocurrió algo
extraordinario, sin la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente
todas las esperanzas y expectativas de la época, se explica su crucifixión y su
eficacia.